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Pollo asado con limón

Domingo, 7 de Junio de 2009 kaferemo 3 comentarios

Pollo asado con limón. IngredientesTiempo de preparación: 75 minutos

Ingredientes (para 2/3 personas)

  • 1 pollo de 1,25 kg.
  • 2 limones
  • una pizca de orégano
  • 1/2 litro de agua
  • una pizca de sal
  • una pizca de pimienta molida
  • un chorrito de aceite
  • 2 pastillas de caldo de pollo
  • 4 dientes de ajo
  • recipiente apto para horno convencional
  • recipiente apto para microondas
  • un horno convencional
  • un horno microondas

Notas previas

Antes de nada hay que matar al pollo y limpiarlo de polvo, paja y pluma. Lo habitual es que se compre con estas tareas ya realizadas pero es mejor avisar, que luego te encuentras con todos los ingredientes preparados y hay que esperar a que el cocinillas se haga con el pollo que corretea asustado por la cocina.

Una vez limpio hay que tener localizado el agujero de salida del animal, porque por él es por donde vamos a introducir algunos ingredientes. Sí, ya sé que he dicho que es de salida, pero es más fácil utilizar ese que el habitual de entrada, es más versátil. La naturaleza es así.

Yo he elegido las pastillas de caldo con sabor a pollo porque quiero un pollo que sepa a pollo, si tú quieres un pollo con sabor a pescado puedes usar pastillas de pescado y si quieres un pollo con sabor a corral puedes usar una boñiga de vaca.

Receta

Pollo asado con limón. ComienzoEncendemos el horno y lo calentamos unos 10 minutos a 200 grados centígrados (si usamos un horno en el cual los grados estén marcados como Farenheit… habrá que molestarse en hacer la conversión). Mientras, preparamos el resto de ingredientes.

Partimos un limón por la mitad, pelamos los dientes de ajo y le introducimos los ajos y medio limón al animal (daos cuenta de que esta operación no se puede hacer con el animal vivo, no se va a dejar).

Hacemos zumo de limón con el otro limón y medio (hacer zumo de manzana con el limón es sumamente difícil). Lo mezclamos con el agua, el orégano, la sal, la pimienta molida, el aceite y las pastillas de caldo concentrado (es decir, el resto de los ingredientes). Lo metemos unos 4 minutos al microondas para calentarlo y poder deshacer las pastillas.

Pollo asado con limón. FinUna vez caliente (la mezcla, que no estamos en ningún consultorio sexual) y bien mezclada se rocía bien al pollo, por dentro y por fuera, por arriba y por abajo, por babor y por estribor. Se mete dentro del horno 30 minutos, se le da la vuelta y se tiene otros 30 minutos. Sacar y comer (soplando de vez en cuando).

Para acompañarlo podemos buscarnos una ensalada o un puré de patata. Los más afortunados podrán tener hasta buena compañía, aunque eso viene bien tenerlo en cuenta incluso antes de hacerse con los ingredientes (yo lo hice).

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Pasta al pesto

Domingo, 9 de Noviembre de 2008 kaferemo 8 comentarios

Pues nada, que este sábado he hecho pasta al pesto siguiendo una receta que por ahí me he encontrado, pero un poco modificada, esto es, que no tengo esto, pues pongo lo otro, que me confundo en una medida, digo que es mi toque personal y listo. En cualquier caso, es algo muy fácil de hacer y muy rápido. Además, es algo que suele gustar… excepto a la vecina de abajo, la de la terraza, la que se puso hecha una furia al ver los restos encima de sus plantas.

Empecemos, entonces. Unas pistas para hacer pasta al pesto.

Ingredientes (para 4-6 personas, depende de lo que coman):

  • 500 gr. de Tagliatelle / espagueti / garbanzini
  • 50 gr. de albahaca fresca / albahaca seca al gusto a ojímetro
  • 100 gr. de margarina
  • 200 gr. de nata líquida
  • 150 gr. de queso parmesano rallado
  • 2 dientes de ajo pelados
  • un puñado de pasas / piñones

Preparación:

En un recipiente hierve la pasta en abundante agua con sal (lo ideal -dicen- es 1 litro de agua y 1 gr. de sal por cada 100 gr. de pasta). Unos 8 minutos tarda en estar “al dente” (que no sé lo que es, pero son 8 minutos).

Mientras se cuece la pasta puedes ir preparando el pesto. Introduce el resto de los ingredientes (la pasta no puede ser, la tienes cociendo en… anda, échale un ojo que se te va a sobrar) en un mismo recipiente, añade sal a tu gusto y mézclalos con la batidora hasta conseguir una crema homogénea y espesa.

Escurre la pasta y sírvela en una fuente; si puede estar caliente, mejor. Encima echa la crema, a temperatura ambiente… tal cual la tienes, vamos. Y ya puedes empezar a comer.

Vale, la receta es clara y sencilla excepto eso de calentar la fuente ¿cómo voy a hacerlo? La puedes poner un rato al sol (si tienes suerte y tienes sol) o la puedes frotar muy rápido con algo rugoso que no haga estallar el recipiente. No vale una lima, por ejemplo, pero sí un trapo de cocina que deberías mover… ¿a la velocidad de la luz del sonido? Es cierto que también podrías meterlo al horno, pero poner a funcionar el mismo sólo para calentar la dichosa fuente… no me convence (a no ser que de segundo vayas a cocinar al gato). Así que, quizás lo mejor sea que pongas la fuente tal y como la sacas del armario. Más importante que que esté caliente es que esté limpia.

A propósito, ¿”pesto” será por el pestazo a ajo que te queda en el aliento si, en vez de hechar un par de dientes, echas una cabeza entera?

¡Ah! ¿La imagen? Por supuesto que no es mía (se me olvidó sacar la foto pertinente). La foto del artículo es de Daniel K. Gebhart.

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La intención es lo que cuenta

Lunes, 3 de Noviembre de 2008 kaferemo Sin comentarios

Hace un par de semanas, cuando Marisa -mi suegra- volvió de uno de sus períodos de vacaciones, y por acallar -supongo- a la maldita conciencia que se nos despierta a todos antes de volver de nuestro destino de vacaciones y, sobre todo, si es un lugar nuevo… Esa maldita conciencia -decía- es la que nos obliga a comprar delantales bordados (vergonzosos hasta para las despedidas de solteros), gallos de colores (que ni cantan, ni predicen el tiempo, ni nada), mantecados resecos (ni dejándolos en remojo la noche anterior se vuelven jugosos)… es decir, lo que los comerciantes del lugar han decidido que se convierta en típico.

De hecho, hace ya algún tiempo pude asistir a una reunión de comerciantes en un pueblo de la costa mediterránea que aspiraba a convertirse en turístico. La transcribo aquí:

- A ver… un poco de orden. Necesitamos algún producto que nos identifique… ¿alguien tiene alguna idea? -comenzó diciendo el presidente.

- Yo, yo -se revolvía nervioso el más jóven-, tengo una idea genial -sentenció-. Podíamos poner de moda los calcetines con sandalias.

- Mal comienzo -dijo el que estaba a su lado-, el turismo nacional no me extrañaría pero no creo que los ingleses y alemanes que nos visitan, con toda su clase, acepten semejante memez.

Tomó de nuevo la palabra el pastelero-presidente.

- Camisetas de Benidorm, navajas de Albacete, los toros… de Osborne, el cántaro ese típico de Toledo… no sé, quizás, algo relacionado con la alimentación…

- Yo propongo unas pastas de té que reboten -propuso uno del fondo.

- No puede ser -replicó el charcutero- eso ya lo sacaron los del pueblo de al lado hará cosa de dos años.

- ¿Y si usamos cemento en vez de harina para hacerlas? -insistió el mismo.

Se me estaba haciendo pesado; además, me iban a cerrar la tienda donde debía acallar a mi propia conciencia, así que allí les dejé, buscando la mejor manera de darse a conocer.

Pues eso, de la misma manera -supongo- la de Marisa también le gritaba antes de volver a casa. Nosotros ya le habíamos dicho que no la hiciese caso, que se pone muy pesada y total, ¡para nada! Que no tenemos más sitio ni en los altillos ni en el camarote, que es donde van a parar todos esos presentes. Sin embargo, la mujer -que no quería volver con las manos vacías- entró en una pastelería y con su dinero y toda su buena intención nos compró un par de napolitanas de chocolate. Algo que dificilmente se guarda en un cajón.

- Para que desayunéis -dijo.

Más de lo mismo. Napolitana porque vendría de Nápoles y de chocolate porque, de la misma manera que las mujeres hace ya algunos años, tomaban el apellido del marido ésta, al venir de Nápoles, y como me consta que en Nápoles son muy clásicos, seguía manteniendo el apellido del marido: de chocolate. ¿Qué exagero? Sólo hay que fijarse en la foto; y sin esforzarse mucho, además.

¡Ah! Y tengo que aclarar que no hay ratones en mi casa… que los mordiscos que se aprecian en la foto son mios, y que nos desayunamos las dos napolitanas… O lo que fuesen. Eso sí, para ser sincero debo decir que las pobres venían muy sedientas, y que se bebieron todo el tazón de leche antes de que pudiésemos incarles el diente.

El viaje, que debió ser largo.

El bizcocho deprimido

Miércoles, 15 de Octubre de 2008 kaferemo 3 comentarios

Érase que se era una bellísima persona, atenta, detallista, amigo de sus amigos… que se metió a repostero. No es que se pusiese el gorro de chef (tampoco lo necesitaba, no tenía un pelo de tonto) y pretendiera dedicarse a ello profesionalmente; no, no era eso, la historia es de otra manera. Comienza un buen día, cuando nuestro chef abrió uno de los armarios de la cocina vió algo, le sorprendió y preguntó:

- Armarito, armarito, ¿desde cuando tienes tú esa latita de leche condensadita?

- Desde cuando, no sé -le respondió (o eso creyó nuestro protagonista)-, pero lo que sí te diré es hasta cuando: hasta el mes que viene, ¡porque caduca!

Así que cheferemo recurrió a toda la sabiduría que había estado recopilando durante años, se relajó, se sentó delante del ordenador y escribió:

Guadobles. Punto. San Google. Punto. Sí.

Y San Google presentósele, y preguntole -con un guiño, con un parpadeo apenas perceptible- que qué carajo queríale, que tenía algo más de 16 millones de preguntas esperandole (note el lector que la anterior palabra es llana) ser respondidas. Y nuestra bellísima persona pidiole recetas en las que la leche condensada fuese uno de sus ingredientes. Y el santo muestróselas. Y la atenta persona eligiole una. Y púsosele a si mismo (creo que me estoy liando) manos a la obra.

Comenzó a buscar los ingredientes y fué tocar los huevos y decidir que iba a cambiar algunos ingredientes, porque le salió de los mismos. Es más, incluso se estiró y retocó la receta original (o retocola, dicho más exactamente). Vamos como al principio (principiole) pero con un par de minúsculas modificaciones. Total, ésta:

Bizcocho de leche condensada

Ingredientes:

  • 3 huevos grandes (tamaño L)
  • 100 grs. de panela (azucar moreno)
  • un sobre de levadura
  • 275 grs. de harina
  • un vaso de café
  • un bote de leche condensada de 340 grs. (yo eché la mitad de uno de 750 grs.)
  • un brick de nata líquida de 200 grs.

Encendemos el horno a 200 grados y dejamos que se caliente mientras mezclamos los ingredientes.

Con la batidora batimos los huevos con el azúcar y, cuando ya estén bien mezclados, añadimos la levadura con la harina tamizadas (pasadas por un colador), el café, la leche condensada y la nata. Batimos hasta que el preparado sea completamente homogéneo.

Untamos de mantequilla el molde en el que vamos a cocinar el bizcocho y lo espolvorearemos con una ligera capa de harina.

Volcamos la mezcla sobre el molde y lo introducimos en el horno durante 40 minutos a 180 grados.

Desmoldamos y dejamos enfriar.

El bizcochito tenía buena pinta, inclusó subió y subió y subió… y subió tanto que se vulcanizó, es decir, que se le abrió un crater en la cocorota, con su humo y todo. Al finalizar el tiempo reglamentario, después del pitido final, nuestro detallista chefero le abrió la puerta del horno para que el bizcochito craterizado pudiera salir.

Miró a un lado y a otro y se animó a salir, pero cuando vió el percal, cuando vió que se lo iban a comer, le entró un agobio del copón y se deprimió.

A ver si la próxima se esmera más nuestro… amigo de sus amigos.

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Un día dulce

Miércoles, 13 de Agosto de 2008 kaferemo Sin comentarios

Ayer fue uno de esos días dulces para mí. Para acompañar mi desayuno elegí media napolitana de chocolate y un pastel de manzana. Después de comer me metí 2 helados entre pecho y espalda y, para cenar, la guinda la puso un pastel de merengue. Vamos, que con la energía acumulada en mi jornada de ayer podría irme hasta China a la pata coja y allí pasear a la selección española de baloncesto en mi lomo -que, por cierto, ganó ayer, con dificultades, pero ganó- por todo el recinto olímpico. Y dos vueltas; por lo menos.

Lo dicho, un día dulce.

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