Ayer volví a pasar por la churrería. Han debido usar otro aceite, porque olía muy bien; tan bien que tuve que acelerar el paso para no caer en la tentación. Tentación que me persiguió desde el portal de casa hasta que me metí en el mismísimo esófago del lobo, o sea, en el metro.
Que digo yo que han debido cambiar también la forma de promocionarse: han eliminado el hilo musical por un termoventilador que esparce el aroma churril por todo el pueblo. A mí me llegó al centro del estómago. Lástima que en el metro no dejen comer churros.
Ayer, viniendo de la piscina, pasé por delante de la churrería que han instalado en la Plaza del Kasko… y pensé en la SGAE.
Varias cosas me llamaron la atención: el espectacular chorro de luz que emanaba de la churrería y que hacía que mirarla sin una protección adecuada se convirtiese en algo imposible; el olor aceitoso claramente apreciable en cualquier rincón de la plaza (y sus calles adyacentes), que lo mismo produce un irremediable poder de atracción que un sentimiento de asco que te recorre todo el cuerpo, de arriba a abajo y de abajo a arriba… y una cosa más, también sonaba música. Sí, vale, era una emisora de radio convencional pero, al fin y al cabo, era una comunicación pública y eso, a la SGAE, no se le suele pasar por alto…
Aunque quizás ya hayan llegado a un acuerdo; acuerdo que podría ser el siguiente:
Churrera: - Buenas… Verá, que quisiera poner una radio en mi negocio. Para atraer a la gente, ya sabe.
SGAE: - Ya. Pues son XXXX euros.
Churrera: - ¿Tanto? Pero si es una simple churrería.
SGAE: - ¿Y tienen de los de chocolate?
Churrera: - ¡Marchando unos churros de chocolate para la SGAE!
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