La triste vida de las palomas
No quiero ser paloma, no. Que quede claro. No sé si alguien de los que me leéis es el encargado de elegir quién o qué seremos en vidas futuras, si es que existe esa posibilidad. Si es así quiero pedirle, por favor, que no me convierta en paloma; gorrión me vale, hasta cuervo ya que el negro estiliza; pero paloma no, por favor.
Dos son las razones fundamentales para no querer ser rata alada:
- los cocodrilos me asustan, lo reconozco.

- las palomas no son nada organizadas, cada cual va a lo suyo; por eso no tienen ni agencias de viajes, ni tahonas, ni siquiera tiendas de todo a 1 euro. Es más, de hecho cuando se les ocurre morirse -y como no se les ocurre preparar con antelación su paso al cielo palomil- van y lo hacen en un tejado cualquiera.
Por suerte los gusanos sí son organizados y van allí donde mamá Natura les pide que se gusanicen.
Y no, gusano tampoco quiero ser, gracias. No llegaría ni un día pronto a trabajar… (A ver si va a resultar que soy gusano…)

Soy… persona (en el mundo analógico: Karlos Arroyo Fernández). Podría ser animal. O cosa. 
