La vida es bella

24abr07

El jueves pasado volvía de la piscina arrastrando los pies, con la satisfacción de haber hecho uno o más largos y de haber dejado allí, por lo menos, el pastel de la tarde y las dos tajadas de panceta de la noche anterior. Por eso volvía feliz.

Y me crucé con una pareja de ancianos agarrados de la mano. También arrastraban los pies, y se apoyaban en sendos bastones con la mano que les quedaba libre. Uno el apoyo del otro y los bastones… para aparentar, seguro. Se les veía felices y pensé lo bonito que será crecer junto a mi pareja hasta que seamos viejecitos… ¡y más allá!

Unos pocos metros después alcancé a una pareja de hermanos. Ella, de unos seis años, tiraba de una infernal maleta educativa con ruedas mientras charlaba con su hermano, de unos 10. De repente, llegamos a unas escarpadas escaleras que separan una calle de otra. Él, atendiendo a un pacto establecido de antemano, cogió la maleta de su hermana, la subió hasta arriba y se la devolvió a su dueña. Su animada conversación siguió y nuestros caminos se distanciaron.

Llegué a casa invadido por un sentimiento de positivismo brutal, por eso tuve que echarme la siesta rápidamente, para olvidarme cuanto antes de ese buen rollito.

¿Habrá llegado ya la primavera?
¡Ni primavera ni letxes, los cuarteles pa’gaztetxes!

¡Ay! Ya me voy caldeando… Esto ya está mejor…



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